lunes, 27 de abril de 2009

Violeta y Miguel

Están todos reunidos en la ceremonia, esperando que Violeta entre por la puerta. El negro nubla a los invitados. Hay un silencio absoluto, el que es interrumpido por el sonido de la puerta y unos pasos de desconocidos. Ellos traen a Violeta, maquillada, cubierta y helada. Nunca Violeta había permanecido tan silenciosa como ahora. Pasa frente a todos, sus rostros se muestran atónitos, congelados. Todos recuerdan lo que no pudieron hacer, lo que no pudieron decir y las veces que no supieron escuchar. Pero hay alguien en el salón que sí lo hizo. Miguel esta distraído y sin brillo en sus ojos, hasta que Violeta pasa frente a sus ojos, empapados en lágrimas. No refleja expresión alguna, son solo sus lágrimas las que lo delatan y que mientras corren por sus mejillas, todo se detiene, son solo Violeta y Miguel. No más miradas intrusas que interrumpen su último momento, con la única mujer que le daba sentido a su vida. Su única necesidad. Miguel recuerda su pacto con Violeta. Prometieron que nada, ni si quiera la muerte nos separará, porque “nuestro amor tiene una fuerza infinita, me costó una eternidad encontrarte y solo el fin de lo eterno nos separará”.
Miguel mira fijamente los ojos de Violeta con una intensidad que nunca antes había tenido. Después de un suspiro, Violeta lo mira con una paz infinita. Ella toma su mano con la misma suavidad de siempre. Miguel se recuesta junto a ella y se besan. Los sollozos inundan el lugar, queman como fuego negro.
Miguel ya no está, nadie lo nota porque saben, que si se va Violeta también se va Miguel, ya son uno solo para siempre y para todos los invitados.

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